¿Cómo Define María Galindo la Interseccionalidad de Clase y Género?

María Galindo, destacada pensadora feminista boliviana y cofundadora del colectivo Mujeres Creando, no utiliza explícitamente el término “interseccionalidad” tal como se popularizó en otros contextos académicos. Aun así, el pensamiento feminista de María Galindo aborda en profundidad la interseccionalidad de clase y género, en un análisis que precede a la consolidación académica de ese concepto. Para Galindo, la opresión de las mujeres y la desigualdad de clase no son esferas separadas, sino sistemas interconectados que se refuerzan mutuamente y moldean la experiencia y la posición de las mujeres en la sociedad. Entender esa conexión es central para su crítica al patriarcado y para su propuesta de una transformación social que incluya la liberación de las mujeres.
Su análisis se centra en cómo el patriarcado y el capitalismo en América Latina se articulan para sostener la opresión de las mujeres junto a las jerarquías de clase, ejes que no se suman de manera mecánica sino que se condicionan entre sí. Galindo muestra que la dominación masculina se manifiesta de forma distinta según el estrato social: mientras las mujeres de los sectores populares padecen precariedad y explotación, las de clases acomodadas pueden negociar su posición dentro del sistema sin dejar de estar subordinadas. Su perspectiva rechaza una visión universal de la mujer y exige atender las experiencias de las mujeres según clase social y las particularidades de cada contexto.
En esencia, el enfoque de Galindo anticipa y complementa muchos de los principios de la interseccionalidad, pues enfatiza la necesidad de analizar las múltiples dimensiones de la opresión y de construir una lucha feminista que incorpore las diferencias de clase, raza, etnia y otras formas de discriminación. Su propuesta de despatriarcalización, expuesta en el libro No se puede descolonizar sin despatriarcalizar (2013), sostiene que el patriarcado es inseparable del capitalismo y del colonialismo: descolonizar sin despatriarcalizar dejaría intacta una de las raíces de la dominación. Ese marco, anclado en las experiencias de las mujeres latinoamericanas, vuelve la emancipación un análisis situado de clase y género, en sintonía con el feminismo descolonial, y no una abstracción universal.
La Crítica al Capitalismo y al Patriarcado Unido
Para María Galindo, el patriarcado no es un sistema aislado, sino que está intrínsecamente ligado al capitalismo: ambos solo pueden comprenderse en su articulación. Argumenta que el capitalismo y la explotación de las mujeres se refuerzan mutuamente, porque el sistema les niega el acceso a los recursos, las explota en el trabajo asalariado y las confina a roles reproductivos no remunerados: el trabajo doméstico y de cuidados que sostiene la vida cotidiana queda invisibilizado y sin pago, pese a ser indispensable para la economía. Esa doble explotación, económica y social, es funcional al sostenimiento del orden capitalista.
Además, Galindo señala que el patriarcado también divide a la clase trabajadora y debilita su capacidad de organización y resistencia. La internalización de roles de género tradicionales fomenta la competencia entre hombres y mujeres y dificulta la construcción de una conciencia de clase unificada, de modo que ambos sistemas se sostienen mutuamente. En este sentido, la lucha feminista y la lucha de clases no son antagónicas, sino complementarias: ninguna transformación social feminista será real si no enfrenta a la vez la explotación capitalista y la dominación patriarcal.
Distintas Experiencias, Diferentes Opresiones

Una característica central del pensamiento de María Galindo es su rechazo a la idea de una experiencia femenina universal. Reconoce que las mujeres de diferentes clases sociales enfrentan formas de opresión distintas. Las mujeres de clase alta, por ejemplo, se ven afectadas por el patriarcado de manera diferente a las mujeres de clase trabajadora, quienes además deben lidiar con la pobreza, la precariedad laboral y la falta de acceso a servicios básicos.
Galindo también destaca que las mujeres indígenas —en Bolivia, mayoritariamente aymaras y quechuas— y las mujeres racializadas enfrentan formas adicionales de discriminación que se suman a la opresión de género y clase. Estas formas de opresión interseccionales requieren un análisis específico y estrategias de lucha que tengan en cuenta las particularidades de cada contexto. Ella cuestiona la idea de una “hermana” universal, enfatizando la necesidad de reconocer y abordar las diferencias entre las mujeres.
El Cuerpo como Campo de Batalla
El cuerpo de la mujer ocupa un lugar central en el análisis de María Galindo, que lo concibe como un territorio en disputa entre el capitalismo, el patriarcado y la autonomía femenina. Argumenta que el control del cuerpo femenino —sobre la reproducción, la sexualidad y la apariencia física— es una herramienta fundamental para mantener a las mujeres en una posición de subordinación.
Frente a ese disciplinamiento, Galindo defiende la autonomía del cuerpo de las mujeres y el derecho a decidir de manera libre e informada sobre la sexualidad y la reproducción. Considera que esa autonomía es condición de la emancipación, pues implica desafiar las normas sociales y culturales que perpetúan la opresión. El análisis conecta además con la clase social: el acceso a la anticoncepción, a la atención de la salud y a la interrupción del embarazo es desigual, de modo que el control del cuerpo golpea con más dureza a las mujeres de menores recursos.
Relevancia Actual de su Pensamiento
El análisis de María Galindo sobre la desigualdad de género y clase conserva plena capacidad explicativa ante la desigualdad económica estructural y la persistencia del patriarcado, que en América Latina se reflejan en la violencia contra las mujeres, la carga desigual de los cuidados y las restricciones a los derechos sexuales y reproductivos. Su trabajo invita a leer esas crisis como síntomas de un mismo sistema articulado de dominación.
Su perspectiva critica los intentos de reducir el feminismo a una lucha por la igualdad formal, argumentando que la verdadera emancipación de las mujeres requiere una transformación social profunda que aborde las raíces estructurales de la opresión y la desigualdad. Su legado nos impulsa a seguir construyendo un feminismo latinoamericano interseccional y comprometido con la justicia social.
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