El Feminismo de María Galindo: ¿Un Proyecto de Clase?

María Galindo, una activista feminista de unos cincuenta años con canas en el cabello negro y un chal rojo tejido, se inclina hacia adelante y gesticula mientras conversa con un pequeño círculo de mujeres indígenas y mestizas en un centro comunitario de La Paz.

El feminismo de María Galindo es, ante todo, un feminismo incluyente. Activista boliviana y cofundadora del colectivo Mujeres Creando, fundado en La Paz en 1992, Galindo piensa desde las luchas populares del continente; una de sus mayores contribuciones al feminismo popular latinoamericano reside en su insistencia en que la opresión de género no puede analizarse desconectada de otras formas de dominación, especialmente la ejercida por las estructuras de clase. Su obra invita constantemente a reflexionar sobre cómo las experiencias de las mujeres están moldeadas por su posición socioeconómica y cómo esa interacción crea distintos grados de vulnerabilidad y de desafíos. La pregunta sobre si su feminismo es un “proyecto de clase” no busca descalificarlo, sino ahondar en la complejidad de su perspectiva y en su deliberada apuesta por abordar las intersecciones de género y clase.

La crítica al feminismo hegemónico atraviesa toda su trayectoria: Galindo ha denunciado de forma consistente las tendencias que, según ella, reproducen las lógicas del privilegio dentro del propio movimiento feminista, incluida una herencia de feminismo liberal u occidental que muchas veces ignora las relaciones de colonialidad y de clase propias de América Latina. Su análisis apunta a cómo un feminismo centrado exclusivamente en las experiencias de las mujeres de clase media o alta puede invisibilizar las realidades de las mujeres trabajadoras y campesinas, así como de las mujeres indígenas, cuyas luchas se entrelazan inevitablemente con la búsqueda de la justicia económica y social. Su postura desafía la idea de una “experiencia universal de la mujer”, proponiendo en cambio una comprensión plural y contextualizada de la feminidad y de la opresión.

Este artículo explorará las dimensiones centrales del pensamiento de María Galindo en relación con la clase social, analizando cómo su obra propone una redefinición de las prioridades y estrategias del movimiento feminista para lograr una emancipación verdaderamente integral.

Índice
  1. La Interseccionalidad antes de la Interseccionalidad
  2. Crítica al Feminismo “de Estado” y la Burocratización de la Lucha
  3. El Cuerpo Político de las Mujeres y la Resistencia Popular
  4. Implicaciones y Continuidad del Legado
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La Interseccionalidad antes de la Interseccionalidad

Aunque el término “interseccionalidad” fue acuñado por la jurista estadounidense Kimberlé Crenshaw en 1989 y solo más tarde se difundió entre los feminismos latinoamericanos, la obra de María Galindo ya trabajaba, sin nombrarla así, una comprensión profunda de la interseccionalidad de género y clase, es decir, del modo en que distintos ejes de opresión se entrelazan y se refuerzan mutuamente. Desde los primeros años de Mujeres Creando, cuestionaba la idea de que la liberación de las mujeres pudiera lograrse únicamente a través de la lucha contra el patriarcado, sin abordar a la vez las desigualdades económicas y sociales que limitan sus oportunidades y perpetúan su vulnerabilidad.

Su análisis de la sexualidad femenina, por ejemplo, va más allá de la dimensión cultural y explora la forma en que el control sobre la reproducción y el cuerpo de las mujeres está ligado a las relaciones de poder de clase. Para las mujeres con recursos económicos, la autonomía reproductiva se traduce en la capacidad de elegir cuándo y con quién tener hijos; para quienes carecen de esos recursos, la misma autonomía se ve severamente restringida por la falta de acceso a anticonceptivos, a una educación sexual integral y a servicios de salud adecuados. Ese contraste concreto muestra cómo la opresión de género y clase se entrelazan en el terreno del cuerpo y de la reproducción.

Esta perspectiva implica que las demandas feministas deben ir más allá de la igualdad formal ante la ley y abarcar la redistribución de la riqueza, el acceso a la educación y al empleo digno, y la garantía de derechos sociales básicos. En esa línea, el reconocimiento social y económico del trabajo de cuidados no remunerado, que sostiene la vida y recae de manera desproporcionada sobre las mujeres de menores ingresos, se vuelve una condición material de la emancipación y no una reivindicación secundaria.

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Crítica al Feminismo “de Estado” y la Burocratización de la Lucha

Una activista indígena boliviana gesticula ante dos funcionarios públicos sentados frente a ella, con documentos sobre la mesa, mientras varias mujeres observan de pie en una sala comunitaria.

María Galindo ha sido una crítica vocal de lo que denomina el “feminismo de Estado”, es decir, aquellas políticas y programas feministas implementados por gobiernos que, según ella, tienden a despolitizar la lucha por la emancipación de las mujeres y a reducirla a una cuestión de derechos individuales dentro del marco del sistema capitalista.

Argumenta que estas iniciativas a menudo se limitan a abordar los síntomas de la opresión sin tocar las raíces estructurales del problema. La creación de institutos de la mujer, la implementación de leyes contra la violencia de género o la promoción de la participación política de las mujeres amplían derechos formales, pero resultan insuficientes —y hasta funcionales para legitimar un orden que conserva esas desigualdades— si no van acompañadas de cambios profundos en las relaciones de poder y en la distribución de la riqueza.

Además, Galindo advierte sobre el peligro de la burocratización de la lucha feminista, que asocia con la profesionalización de las activistas, la dependencia de la financiación externa y la institucionalización de los movimientos sociales. Esta situación, según ella, puede hacer perder radicalidad y autonomía al movimiento, alineando su agenda con las prioridades del Estado y del poder en lugar de con las demandas de las mujeres de base.

Un elemento central del pensamiento de María Galindo es la idea de que el cuerpo político de las mujeres no se reduce al cuerpo biológico: se trata de un cuerpo atravesado por relaciones de poder, sujeto a control y violencia, pero también capaz de resistencia y subversión. Para Galindo, ese cuerpo es el primer territorio disputado entre el patriarcado y la autonomía femenina, y por eso su reapropiación resulta inseparable de la lucha política.

La lucha por la autonomía reproductiva, el derecho al aborto y la prevención de la violencia de género son, desde esta perspectiva, luchas por la reapropiación del cuerpo de las mujeres y por la definición de su propia sexualidad y maternidad. En los países donde el aborto está penalizado o fuertemente restringido, el costo de esa prohibición lo pagan sobre todo las mujeres sin recursos, que quedan expuestas a prácticas inseguras; por eso esta lucha no puede desligarse de la más amplia por la transformación social y económica.

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Para Galindo, la verdadera liberación de las mujeres pasa por su participación activa en la resistencia popular feminista, no por su integración pasiva en las estructuras del Estado ni de los partidos. Esto implica construir alianzas con otros movimientos sociales, como el campesino, el obrero o el indígena, y trabajar de manera coordinada, desde la base y con autonomía, por un cambio radical del sistema.

Implicaciones y Continuidad del Legado

Al articular sin jerarquías el feminismo y la clase social, María Galindo desafía las nociones simplistas sobre la opresión de género y plantea preguntas incómodas sobre las prioridades y estrategias del movimiento feminista. Su pensamiento nos recuerda que la emancipación de las mujeres no puede ser un proyecto reservado para unas pocas, sino un proyecto colectivo que involucre a todas las mujeres, especialmente a las que se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad.

Su legado conserva plena vigencia en un contexto de desigualdades económicas y sociales crecientes, en el que los movimientos que buscan transformar el mundo vuelven a poner sobre la mesa la redistribución económica y la autonomía de los cuerpos. La obra de Galindo invita a ejercer el feminismo como una fuerza autónoma que no diluye su radicalidad al acercarse a las instituciones y que se sostiene en las mujeres de base; solo así puede contribuir a una sociedad donde ninguna mujer quede atada, por su clase, su origen o su género, a la pobreza, la violencia o la falta de libertad.

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