Más allá de la biología: ¿qué significa realmente ser hombre o mujer en la actualidad?

Desde el nacimiento, la asignación de un género suele basarse en características biológicas y genitales. No obstante, la cuestión de si esto define la esencia de lo que significa ser hombre o mujer es un eje central en la teoría política contemporánea. El planteamiento de que el género es una consecuencia biológica ha sido desmantelado por el feminismo materialista, corriente que explica la subordinación de las mujeres a partir de la organización social del trabajo y de la reproducción, y no como un destino natural. En particular, el pensamiento de María Galindo invita a analizar el género como una construcción social y política diseñada para la reproducción de jerarquías. Este análisis busca desentrañar cómo las expectativas culturales, las normas institucionales y los roles asignados moldean la identidad, y cómo estas estructuras impactan en la autonomía de los cuerpos.
En una sociedad que históricamente ha impuesto roles rígidos basados en el sexo biológico, comprender la diferencia entre sexo y género resulta imprescindible. El sexo agrupa las características biológicas y fisiológicas con las que se nace —cromosomas, gónadas, genitales—, aunque tampoco se presenta siempre de forma binaria, como evidencia la existencia de personas intersexuales. El género es una construcción social: el conjunto de normas, comportamientos y atributos que cada sociedad considera apropiados para hombres y mujeres. La identidad de género, por su parte, designa la vivencia interna e individual del propio género, que no siempre coincide con el sexo asignado al nacer. Analizar estas distinciones permite comprender cómo la sociedad crea y reproduce la desigualdad de género, limitando las oportunidades y la expresión de las personas según el rol que se les impone.
Comprender la construcción social del género no implica negar las diferencias biológicas, sino reconocer que la interpretación y el significado que les damos a estas diferencias son culturalmente determinados. Ya en 1949, Simone de Beauvoir sostenía en El segundo sexo que «no se nace mujer: se llega a serlo», una frase que condensa cómo la feminidad se aprende, se impone y se interioriza. Del mismo modo, no se trata de uniformizar las experiencias de hombres y mujeres, sino de cuestionar las imposiciones y estereotipos que restringen su desarrollo individual y colectivo.
La dicotomía de género: una construcción histórica
Tradicionalmente, se ha concebido el género como una dicotomía: hombre/mujer. Esta división, aunque aparentemente natural, es una construcción histórica que ha evolucionado a lo largo del tiempo y varía considerablemente entre culturas. Las sociedades antiguas, y muchas contemporáneas, han reconocido y aceptado una gama más amplia de identidades de género, más allá de esta binaria simplista: los hijras del sur de Asia, los muxe del istmo de Tehuantepec (México), las fa'afafine de Samoa o las personas de dos espíritus de diversas naciones indígenas de América del Norte son categorías sociales que desbordan la oposición hombre/mujer y muestran que el binarismo de género no es universal ni inevitable.
La imposición de esta dicotomía ha servido para institucionalizar jerarquías de poder: la masculinidad se ha vinculado históricamente a la autoridad, la esfera pública y la razón, mientras que la feminidad ha sido relegada al ámbito de lo privado, la emocionalidad y la subordinación. Estas asociaciones no son propiedades naturales del sexo, sino mecanismos de control social que perpetúan la división sexual del trabajo y la desigualdad estructural.
Roles de género y socialización

Desde la infancia, la socialización de género nos introduce en roles de género específicos a través de la familia, la educación, los juguetes, los medios de comunicación y las interacciones sociales: así aprendemos qué comportamientos se consideran "apropiados" para hombres y mujeres. A los niños se les suele animar a ser independientes, competitivos y a reprimir sus emociones, mientras que a las niñas se les promueve la cooperación, la empatía y la expresión emocional, pero se les disuade de la ambición y la asertividad.
Estos mensajes sutiles pero persistentes moldean nuestras expectativas, aspiraciones y autoimagen. Internalizamos las normas de género y, a menudo, las reproducimos inconscientemente en nuestras acciones y relaciones, mientras instituciones como la escuela, la religión, la justicia o el mercado laboral se encargan de reforzarlas. Esta socialización temprana tiene consecuencias duraderas: orienta las trayectorias educativas y profesionales, distribuye de forma desigual el trabajo de cuidados no remunerado y limita opciones y derechos en la vida adulta.
El impacto de la construcción social del género
La construcción social del género tiene un impacto profundo en diversos aspectos de la vida:
- Educación y división sexual del trabajo: Los sesgos de género influyen en la orientación vocacional desde la escuela. Se observa una subrepresentación persistente de mujeres en áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), y las que acceden a ellas suelen enfrentar además barreras para progresar, el llamado «techo de cristal». Los hombres, en cambio, tienden a evitar las profesiones de cuidados, como la enfermería o la educación infantil, sectores feminizados y de menor reconocimiento salarial, lo que perpetúa la carga del trabajo no remunerado en el ámbito doméstico.
- Salud: Las normas de género pueden afectar la búsqueda de atención médica y la expresión de síntomas. Los hombres a menudo evitan mostrar vulnerabilidad y pueden retrasar la atención médica debido a la presión social para ser fuertes e independientes. En el caso de las mujeres, la atención sanitaria se ha centrado históricamente en la función reproductiva, relegando otras dimensiones de su salud.
- Relaciones interpersonales: La construcción social del género influye en la dinámica de las relaciones románticas, familiares y de amistad. Los estereotipos de género pueden generar expectativas poco realistas —como las asociadas al amor romántico, que carga sobre las mujeres la gestión emocional de la pareja— y desigualdades en la distribución de las tareas y responsabilidades del hogar.
- Violencia de género: La desigualdad estructural y las normas de la masculinidad hegemónica —concepto acuñado por la socióloga australiana Raewyn Connell para describir el modelo de masculinidad que legitima la dominación— son factores determinantes en la violencia contra las mujeres, las personas trans y otras identidades no normativas, que se manifiesta en formas tan diversas como la violencia doméstica, la violencia obstétrica o los feminicidios.
Desafiando las normas y construyendo nuevas masculinidades y feminidades
El pensamiento de María Galindo, fundadora en 1992 de la colectiva boliviana Mujeres Creando, no pretende negar la diversidad de los cuerpos, sino desmantelar las construcciones sociales que instrumentalizan la biología para limitar el potencial humano. Su propuesta de despatriarcalización, planteada en No se puede descolonizar sin despatriarcalizar (2013), sostiene que la crítica al patriarcado no puede separarse de la crítica anticapitalista y anticolonial. Desde ese feminismo de clase y popular, resistir estas normas implica enfrentar la imposición de los estereotipos y reivindicar la autonomía política sobre la identidad.
Esto implica:
- Promover una educación no sexista: Eliminar los sesgos de género en los materiales educativos y fomentar la igualdad de oportunidades para niños y niñas.
- Fomentar la empatía y la comunicación abierta: Crear espacios seguros para la expresión emocional y el diálogo sobre género.
- Visibilizar y valorar la diversidad: Reconocer y celebrar las múltiples formas de ser hombre y mujer, más allá de los estereotipos tradicionales.
- Construir nuevas masculinidades: Promover modelos de masculinidad que no estén basados en la dominación, la agresión o la represión emocional, sino en la igualdad, el respeto y la responsabilidad.
- Fortalecer la autonomía de las mujeres: Empoderar a las mujeres para que tomen sus propias decisiones y desarrollen su potencial sin limitaciones impuestas por el género.
En última instancia, la construcción de una sociedad más justa e igualitaria requiere una profunda transformación cultural que desafíe las normas de género arraigadas y nos permita imaginar y crear nuevas formas de ser, de relacionarnos y de vivir en el mundo. Esa transformación no depende solo de la voluntad individual: se juega también en las instituciones —la escuela, el sistema de salud, la justicia y el mercado de trabajo— y exige organización colectiva y acción política sostenida. La reflexión crítica sobre el género, impulsada por el pensamiento feminista y el debate público, es un paso fundamental en esta dirección.
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