Desmontando Mitos Sobre la Disfunción Sexual Femenina

Durante mucho tiempo, la sexualidad femenina ha sido un terreno tabú, rodeado de silencios, prejuicios y expectativas poco realistas. Esto ha llevado a la creación de mitos persistentes sobre lo que se considera “normal” en la respuesta sexual de las mujeres, y a la patologización de experiencias que, en realidad, son variaciones naturales. El concepto de “disfunción sexual femenina” a menudo se ha aplicado de manera amplia y descontextualizada, contribuyendo a la ansiedad, la culpa y la vergüenza en muchas mujeres. Es crucial comprender que la sexualidad es compleja, subjetiva y profundamente influenciada por factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales.
María Galindo, activista y escritora boliviana cofundadora del colectivo anarcofeminista Mujeres Creando, surgido en La Paz en 1992, parte de su crítica al patriarcado y de su defensa de los derechos sexuales y reproductivos para invitarnos a repensar estas categorías diagnósticas y a cuestionar los estándares impuestos sobre los cuerpos y los deseos de las mujeres. Su trabajo nos anima a desnaturalizar las normas heteropatriarcales que moldean nuestra percepción de la sexualidad y a reconocer la diversidad de experiencias como algo valioso y legítimo. Despatologizar la feminidad implica reconocer que las diferencias individuales en la respuesta sexual no son necesariamente “trastornos” que requieran ser “curados”, sino parte del espectro natural de la experiencia humana.
En este artículo analizaremos los principales mitos sobre la disfunción sexual femenina: de dónde proceden, qué presupuestos androcéntricos los sostienen y qué consecuencias tienen para la salud emocional y relacional de las mujeres, con el objetivo de contribuir a despatologizar la sexualidad femenina y a promover una comprensión más informada, empática y liberadora del deseo y el placer.
¿Qué se considera tradicionalmente "Disfunción Sexual Femenina"?
Históricamente, la medicina y la psicología han definido la “disfunción sexual femenina” a partir de un modelo de respuesta sexual construido sobre la experiencia masculina, que convirtió en desviación todo lo que no se ajustaba a ese patrón. Así se patologizaron experiencias como la falta de deseo, la dificultad para alcanzar el orgasmo, la dispareunia (dolor durante el coito) o una excitación más lenta y contextual, ignorando la diversidad de la respuesta sexual femenina y su dependencia de la etapa vital, del contexto relacional y de la historia de cada mujer.
La imposición de expectativas como la necesidad de un deseo espontáneo o la obligatoriedad del orgasmo ha convertido la diversidad en una supuesta patología. Este enfoque es cuestionado desde la crítica feminista a la disfunción sexual y desde la sexología crítica, que señalan cómo la medicalización de la sexualidad femenina responde a una visión patriarcal: normalizar los cuerpos y los deseos según estándares de utilidad y rendimiento, desatendiendo el contexto emocional, relacional y social en el que se vive el placer. Que estas categorías no son un hecho natural, sino una construcción histórica, lo muestra la evolución de los manuales diagnósticos: el DSM-5 (2013) fusionó el deseo y la excitación sexual femeninos en un único diagnóstico y agrupó la dispareunia y el vaginismo bajo el trastorno de dolor génito-pélvico y de la penetración.
El Mito del Orgasmo Necesario

Uno de los mitos más arraigados es la idea de que el orgasmo es el único fin legítimo de la actividad sexual. Esta creencia, intensificada por la cultura de la pornografía y ciertos modelos de educación sexual, genera presión y ansiedad, desplazando la importancia del erotismo y el placer hacia un objetivo biológico o mecánico.
Muchas mujeres experimentan placer a través de la intimidad emocional, el juego previo, la estimulación del clítoris o simplemente de la conexión con su pareja. De hecho, la investigación sexológica ha documentado que entre el 70 % y el 80 % de las mujeres no alcanzan el orgasmo únicamente con la penetración, lo que explica la llamada “brecha del orgasmo”: no se trata de un déficit individual, sino del resultado de un modelo de encuentro sexual centrado en el coito. Centrarse exclusivamente en el orgasmo puede desviar la atención de estas otras fuentes de placer y generar frustración y decepción. Además, la capacidad de llegar al orgasmo varía significativamente entre mujeres y según el momento vital, e influyen en ella factores como el estrés, la fatiga, el estado de ánimo o la calidad de la relación de pareja.
Despatologizando la Baja Libido
La falta de deseo sexual en mujeres suele etiquetarse como una disfunción, pero el deseo no es un interruptor fijo ni surge siempre de forma espontánea: la médica y sexóloga Rosemary Basson describió que en muchas mujeres el deseo sexual responsivo no precede a la excitación, sino que se activa como reacción a la estimulación y a un contexto de intimidad, seguridad y descanso. Por ello, junto a factores biológicos como las oscilaciones hormonales del ciclo menstrual, la gestación, la lactancia o la menopausia, deben tenerse en cuenta variables psicosociales como el estrés crónico, la carga mental o el estado de la relación de pareja, que influyen directamente en la respuesta sexual.
En lugar de tratar la baja libido femenina como un trastorno clínico inmediato, conviene analizar su raíz de forma integral: desde la comunicación en la pareja y la gestión de la carga de cuidados hasta el descanso, el bienestar emocional o los efectos secundarios de ciertos fármacos: algunos antidepresivos, sobre todo los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), pueden reducir el deseo y retrasar el orgasmo. No existe un nivel de deseo universalmente 'normal'; la satisfacción sexual es un constructo subjetivo y contextual que ninguna escala diagnóstica debería fijar.
El Dolor Durante las Relaciones Sexuales y su Complejidad

El dolor durante las relaciones sexuales (dispareunia) requiere un enfoque multidimensional. Es imprescindible descartar causas orgánicas mediante consulta médica —como endometriosis, vaginismo, infecciones, sequedad vaginal o alteraciones del suelo pélvico—, y existen abordajes con evidencia, como la fisioterapia del suelo pélvico, especialmente indicada en el vaginismo y el dolor vulvar. Pero también hay que considerar cómo la respuesta del sistema nervioso ante traumas pasados, la ansiedad o la falta de seguridad emocional puede exacerbar la sensación de dolor: lo orgánico y lo psicológico no son compartimentos estancos, y atender ambos planos mejora el pronóstico.
Ese dolor tiende a retroalimentarse en un círculo vicioso: la anticipación del malestar genera tensión y evitación, lo que dificulta la excitación y el deseo. Por eso conviene hablar abiertamente con la pareja, respetar los ritmos propios y no presionarse para completar el coito; al disminuir esa anticipación ansiosa, la vivencia puede volverse más placentera. La terapia sexual o la terapia psicológica ayudan a identificar las emociones y creencias que sostienen el dolor y a practicar, con acompañamiento profesional, técnicas de relajación y comunicación.
Reclamando la Autonomía Sexual
La verdadera liberación sexual pasa por reclamar la autonomía sexual de las mujeres, es decir, la plena soberanía sobre sus propios cuerpos y deseos. Esto implica cuestionar las normas y expectativas impuestas por la sociedad, explorar la propia sexualidad sin culpa ni vergüenza y tomar decisiones informadas y conscientes sobre la actividad sexual.
María Galindo sostiene que el feminismo debe abrir espacios para la diversidad de experiencias y la expresión del deseo sin las restricciones del control moral o médico. Despatologizar la feminidad es un acto de resistencia política que permite reconocer la complejidad de la sexualidad femenina como un elemento central de la autonomía corporal.
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