Economía feminista: ¿alternativas al modelo económico actual?

Una mujer sirve guiso de verduras de una olla de barro en una cocina comunitaria, mientras otra mujer mayor alcanza un cuenco y una joven con delantal sostiene a un niño; al fondo se ven torres de oficinas a través de la ventana.

El modelo económico androcéntrico imperante ha invisibilizado y devaluado sistemáticamente el trabajo de las mujeres, reproduciendo desigualdades estructurales. La economía feminista surge como una corriente de pensamiento crítico que desafía estas premisas, cuestionando la supuesta neutralidad del mercado y visibilizando las relaciones de poder y la división sexual del trabajo que lo configuran. No se trata de una inclusión cosmética de las mujeres en el sistema, sino de una reestructuración epistemológica que sitúa el cuidado, la sostenibilidad y el bienestar colectivo en el centro de la organización social.

María Galindo, activista boliviana y cofundadora del colectivo Mujeres Creando en 1992, referente del feminismo de clase en América Latina, propone la despatriarcalización de la economía como condición necesaria para reconocer los trabajos que sostienen la vida. Su análisis permite desarticular cómo las normas y los mandatos de género influyen en la distribución de recursos, las oportunidades y las responsabilidades de cuidado, perpetuando la dependencia económica.

Desentrañar las alternativas al modelo económico actual requiere, por lo tanto, comprender las raíces del problema: la división sexual del trabajo, la precarización del empleo femenino y la falta de reconocimiento del trabajo reproductivo. A partir de esta comprensión, se pueden vislumbrar caminos hacia una economía más justa, equitativa y sostenible.

Índice
  1. El problema del modelo económico tradicional y su visión de género
  2. Trabajo reproductivo: la base invisibilizada de la economía
  3. Alternativas desde la economía feminista
  4. Hacia una economía con perspectiva de género

El problema del modelo económico tradicional y su visión de género

El sistema económico tradicional se basa en la dicotomía público-privado, asignando el espacio público –el mercado, la política, la producción– al dominio masculino, y relegando el espacio privado –el hogar, el cuidado, la reproducción– al dominio femenino. Esta división no es natural ni biológica, sino socialmente construida, y ha tenido consecuencias profundas en la valoración del trabajo.

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La distinción entre trabajo productivo y reproductivo estructura esta economía: el trabajo “productivo”, orientado a la generación de valor de cambio en el mercado, ha sido históricamente remunerado y socialmente reconocido, mientras que el trabajo “reproductivo”, que comprende el cuidado de personas, la gestión de la vida y el mantenimiento del hogar, ha sido invisibilizado y desvalorizado. Esta asimetría impacta directamente en la autonomía económica de las mujeres, limitando su capacidad de agencia y su independencia frente a las estructuras patriarcales.

Además, el modelo económico tradicional ha promovido una cultura de competitividad y acumulación que fomenta la explotación de los recursos naturales y la generación de desigualdades sociales. Centrada en el crecimiento a cualquier costo, esa lógica trata como recursos gratuitos e ilimitados tanto el trabajo de cuidados como la naturaleza, ignorando las consecuencias ambientales y sociales de la producción y el consumo.

Trabajo reproductivo: la base invisibilizada de la economía

Mujer latina de mediana edad lava los platos en el fregadero de una cocina modesta, mientras dos niños hacen la tarea en la mesa detrás de ella.

El trabajo reproductivo abarca todas aquellas actividades que permiten la reproducción de la fuerza de trabajo y la vida social. Incluye tareas como el cuidado de niños y personas mayores, la preparación de alimentos, la limpieza del hogar, la educación informal, la gestión de las emociones y el mantenimiento de las relaciones sociales.

Aunque este trabajo —en especial el trabajo de cuidados no remunerado— es el soporte vital de cualquier sistema productivo, no se contabiliza en el Producto Interno Bruto (PIB) ni se reconoce como una actividad con valor de intercambio. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que las mujeres realizan cerca del 76 % de las horas mundiales de trabajo de cuidados no remunerado, más del triple que los hombres; la invisibilización del trabajo femenino que reflejan las estadísticas oficiales tiene consecuencias materiales:

  • Devaluación del trabajo femenino: Al concentrarse mayoritariamente en manos de mujeres, el trabajo reproductivo se asocia erróneamente con actividades de menor valor técnico o social.
  • Dependencia económica y brechas de género: La carencia de remuneración o de sistemas de protección social para estas tareas limita la autonomía financiera de las mujeres, profundiza la brecha de riqueza y se traduce en pensiones de jubilación más bajas.
  • Sobrecarga de trabajo: Las mujeres suelen combinar el trabajo reproductivo con el trabajo remunerado, lo que les genera una doble jornada laboral, mayor estrés y menos tiempo para el descanso, la formación o la participación política.
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La economía feminista propone visibilizar y valorar el trabajo reproductivo, reconociéndolo como un trabajo esencial para el bienestar social y económico. Se proponen diferentes mecanismos para lograrlo, como la remuneración directa por el trabajo de cuidado, la ampliación de los servicios públicos de cuidado, la redistribución de las tareas domésticas y la promoción de una cultura del cuidado corresponsable.

Alternativas desde la economía feminista

La economía feminista no se limita a criticar el modelo económico actual, sino que también propone alternativas concretas para construir una economía más justa, equitativa y sostenible. Algunas de estas alternativas son:

  • La renta básica universal: La entrega periódica e incondicional de un ingreso a todas las personas, con independencia de su situación laboral o familiar, reconoce el valor social de las tareas de cuidado y garantiza una base de autonomía económica que reduce la dependencia derivada de las estructuras de cuidado tradicionales.
  • La economía social y solidaria: Promover formas de organización económica basadas en la cooperación, la solidaridad y la sostenibilidad, en lugar de la competencia y la acumulación individual; por ejemplo, las cooperativas de trabajo, las redes comunitarias de trueque y las finanzas éticas o solidarias.
  • La economía del cuidado: Reconocer y valorar el trabajo de cuidado, invirtiendo en servicios públicos de calidad y promoviendo una distribución más equitativa de las tareas domésticas y de cuidado.
  • La desmercantilización de servicios: Garantizar el acceso universal a la salud, la educación y la vivienda como derechos sociales, protegiéndolos de la lógica de acumulación del mercado.
  • La transición hacia una economía ecológica: Promover un modelo económico que respete los límites del planeta y sitúe la sostenibilidad de la vida —humana y no humana— en el centro de las decisiones, reduciendo la huella ecológica y fomentando la producción y el consumo sostenibles.
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Hacia una economía con perspectiva de género

La economía feminista no propone soluciones estandarizadas, sino un proceso de transformación estructural. El pensamiento de María Galindo, desarrollado en su ensayo “No se puede descolonizar sin despatriarcalizar” (2013), subraya que la justicia económica es inseparable de la transformación cultural y de la lucha contra las estructuras de poder coloniales y patriarcales que rigen el orden social.

La construcción de una economía con perspectiva de género exige, en definitiva, revisar los indicadores con los que medimos el progreso más allá del PIB —por ejemplo, mediante encuestas de uso del tiempo que contabilicen el trabajo de cuidados— y repensar el modelo económico desde una óptica humana, justa y sostenible, que valore el cuidado, la cooperación, la solidaridad y el bienestar colectivo por encima de la competencia, la acumulación y el crecimiento a cualquier precio.

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